Matonda y la rendija: la memoria que mira desde el barrio

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MATONDA Y LA RENDIJA: LA MEMORIA QUE MIRA DESDE EL BARRIO

En Punta del Este, un barrio de Buenaventura donde las casas palafíticas parecen flotar sobre el agua y la marea dicta los pasos de la gente, crecí yo, Matonda. Allí, la vida se mecía entre el sonido de los martillazos reparando canoas, los gritos de las platoneras vendiendo pescado y el aroma constante de coco y salitre. Punta del Este, con sus puentes de madera, era una zona inundable, y los secretos viajaban tan rápido como la brisa que corría entre las rendijas de las casas.

Siempre me dijeron que tenía la risa grande y los pies apurados, listos para llegar antes que nadie a cualquier suceso. Algunos me llamaban “la que todo lo sabe”; otros, con menos delicadeza, me tildaban de chismosa. Yo, con la frente en alto, respondía:
—El que mira mucho, sabe mucho.

Y seguía de largo, dejando un eco de pasos sobre la madera seca.

En mi cuarto había una rendija pequeña, apenas del grosor de un dedo meñique, abierta en una tabla que daba a la calle. No parecía gran cosa, pero para mí era un ojo secreto que me dejaba ver el alma del barrio.

Antes de que saliera el sol, veía pasar a las platoneras: mujeres recias, de manos duras y mirada viva, rumbo al arrimadero del Puente del Piñal con sus canastos vacíos, listos para llenarlos de pescado fresco. Sus pasos hacían crujir las tablas mojadas, y el chapoteo del agua se mezclaba con risas, silbidos y algún arrullo improvisado para espantar el sueño. Con su cantadito particular —“¡El pescadooo!”— despertaban al barrio, anunciando que el día ya había comenzado.

Desde mi rendija lo veía todo: discusiones encendidas, promesas vacías de políticos de paso, secretos que viajaban por la madera y el viento. Y también momentos de vida pura: risas compartidas, juegos improvisados y cantos que cruzaban los ríos.

Pero no todo era cotidiano. Algunas noches, la piel se me erizaba con lo que veía: sombras que se movían sin que el viento las empujara, figuras blancas cruzando el callejón y desvaneciéndose. Una vez creí ver a una mujer vestida de blanco, parada frente a la casa de Doña Pascuala, con la mirada tan fija que parecía atravesar paredes.

La noche más extraña fue la verbena en La Playita, durante el festival en honor a la Virgen del Carmen. Desde el 14 de julio, Buenaventura entera se vestía de feria: lanchas y canoas reposaban en el muelle como esperando la bendición, los olores a encocado de piangua y pescado frito llenaban las calles, y el currulao hacía temblar el suelo mientras el repique de los cununos narraba historias antiguas.

Allí estaba la mujer vestida de blanco, esta vez con una flor roja entre las manos. La alzó lentamente, como si quisiera entregármela, y luego desapareció. Recordé a los doce jóvenes asesinados apenas un año atrás. Su presencia no era casual: era la memoria que vuelve para que no olvidemos, el duelo que aún no se atreve a llorar en voz alta.

Desde entonces, cada vez que miro por la rendija, la mujer regresa. Algunos dicen que es un espanto, otros que es el alma de una madre buscando a sus hijos, y no falta quien jure que es la Virgen del Carmen llorando por los muchachos. Yo sé que no es un fantasma cualquiera: es la memoria de lo que no debemos olvidar.

Por eso sigo mirando cada día. Porque esa rendija no es solo madera rota: es un puente entre lo visible y lo invisible, un ojo abierto en la piel de la ciudad. Y aunque me sigan llamando chismosa, sé que no es chisme lo que guardo: son las voces de los muertos, las risas escondidas, los secretos de las mujeres y el llanto de los jóvenes que el tiempo quiso borrar.

Algún día, cuando la corriente del estero lo pida, contaré esas historias. Porque en esta ciudad cada día se escribe la misma herida, y alguien tiene que dejar constancia de que seguimos vivos, resistiendo y recordando.

Matonda y su rendija nos recuerdan que los territorios no son solo espacios físicos: son memoria viva. Cada mirada, cada gesto, cada canto y cada secreto convierte el barrio en un archivo de historias que no debemos olvidar. La resistencia también se aprende mirando, escuchando y recordando.

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