
HOMBRES DE MONTE: EL CORTE DE MADERA Y EL SUSTENTO DEL HOGAR
Antes de que amanezca, cuando el río todavía está cubierto de neblina, los hombres ya están listos. Machete al cinto, botas gastadas, el motor o la canoa preparada. El monte los espera.
Internarse en el monte no es paseo. Es trabajo duro. Es abrir trocha, medir el terreno, identificar la madera adecuada. No se corta cualquier árbol. Se busca el que sirva, el que pueda venderse en el puerto, el que ayude a sostener la casa.
En los pueblos del Pacífico, el corte de madera ha sido durante décadas una de las formas principales de sustento. Con lo que se vende se compra el mercado, los cuadernos de los hijos, la ropa de las fiestas, los medicamentos cuando hace falta.
El monte es proveedor, pero también es desafío.
Muchos hombres aprendieron a reconocer la madera desde jóvenes. Saben distinguir por la corteza, por el olor, por el peso del tronco. Saben cuánto puede rendir, cuánto puede valer. Ese conocimiento no se aprende en libros: se hereda caminando.
El trabajo exige fuerza física, pero también resistencia mental. Son jornadas largas, cargando tablas, esperando transporte fluvial, negociando precios en el puerto. A veces el pago no es justo. A veces el esfuerzo no compensa.
Pero se vuelve al monte.
En el pasado, el corte era abundante. Hoy la conversación es distinta. Hay mayor conciencia sobre el cuidado del bosque, sobre la explotación desmedida, sobre el impacto ambiental. Muchos hombres hablan ahora de cortar con medida, de no agotar el territorio que también les da vida.
Porque el monte no es solo recurso económico. Es espacio de memoria, de cacería, de historias contadas al regreso, de aprendizajes compartidos entre padre e hijo.
Cuando regresan al pueblo, llegan con el cuerpo cansado y las manos marcadas. No siempre se habla del riesgo que implica el trabajo: palos que caen mal, herramientas que se deslizan, lluvias que complican el camino.
Pero en cada tabla vendida hay una historia de esfuerzo.
El corte de madera ha sido una forma silenciosa de responsabilidad masculina en muchas comunidades ribereñas: proveer sin hacer alarde, internarse en el monte para que en la casa no falte lo básico.
Este trabajo no define completamente a los hombres del Pacífico, pero sí ha marcado generaciones. Es parte de la economía, de la identidad y también de los debates actuales sobre territorio y sostenibilidad.
El monte ha sido aliado y prueba.
Ha exigido respeto.
Ha dado sustento.
Y mientras haya hombres que se internen al amanecer para volver al atardecer con madera sobre la canoa, seguirá viva esa imagen del proveedor que dialoga —a su manera— con el bosque que lo sostiene.
