El canto que nos cría: bombo, cununo y guasá

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En los pueblos del Pacífico la música no se aprende: se respira.

El bombo marca el pulso profundo, el cununo responde con su golpe vivo y el guasá sacude el aire como si despertara al monte. Y entre esos sonidos crecen los niños, escuchando primero desde los brazos de sus madres, luego sentados en el suelo, y más tarde de pie, intentando seguir el ritmo con manos pequeñas y ojos atentos.

Aquí el canto comienza temprano.

Los niños no son espectadores; son aprendices. Les encanta. Se emocionan cuando los mayores ensayan. Observan cómo se organiza el coro, cómo se afina la voz, cómo el golpe debe caer justo donde el bombo lo llama. Desde muy pequeños quieren tener su turno, quieren sostener el guasá, quieren entonar el estribillo.

En los arrullos, cuando la noche se llena de velas y devoción, se les ve firmes, concentrados, orgullosos de saberse parte. Ensayan días antes si saben que habrá celebración. Si llega una delegación al pueblo, los niños ya están listos para recibirla cantando. Se acomodan la ropa, aclaran la garganta, miran a los mayores buscando aprobación.

Y cuando el canto comienza, se transforman.

No cantan solo por cantar. Cantan porque así se aprende a pertenecer.

La música en el Pacífico es escuela. Enseña disciplina, escucha, trabajo en grupo. El que se adelanta desajusta; el que no responde rompe el tejido. Por eso se aprende a esperar, a entrar en el momento justo, a sostener la voz del otro.

Con los años, esos niños se vuelven jóvenes que ya no imitan: lideran. Saben abrir un arrullo, sostener un coro, guiar una respuesta. Y cuando llegan a mayores, enseñan con paciencia lo que una vez aprendieron mirando.

Así el canto no se pierde.

Va pasando de generación en generación como un río que nunca se seca. El bombo sigue marcando, el cununo responde, el guasá acompaña. Y en medio de ese diálogo sonoro crece la comunidad.

Porque en el Pacífico cantar no es un espectáculo.
Es una forma de estar juntos.
Es memoria viva.
Es herencia que suena.

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