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LA CORRIENTE DE CIRILA: CUENTOS DEL RÍO Y LA MEMORIA

LA CORRIENTE DE CIRILA: CUENTOS DEL RÍO Y LA MEMORIA Dicen que los ríos guardan secretos. En este libro, los sueltan todos. La corriente de Cirila es un libro de cuentos donde hay de todo: picardía, risas que se escapan en plena lectura y esos chismes de pueblo que crecen como espuma cuando la marea sube. Aquí la cotidianidad del Pacífico colombiano se vuelve relato vivo: la tienda, la cocina, el corredor, la ribera, las conversaciones que empiezan suaves y terminan en rebulú. Y está Sincucho. Ese hombrecito del pueblo, pequeño en estatura pero grande en ocurrencias, que con su picardía terminó conociendo el infierno en la tierra… casi sin darse cuenta. Su historia arranca carcajadas, pero también deja una pregunta flotando: ¿hasta dónde puede llevarnos la ligereza? Cada cuento toca una fibra distinta. Unos provocan risa abierta. Otros aprietan el pecho. Otros revelan lo que el pueblo sabe, aunque nadie lo diga de frente. En estas páginas el río no es paisaje: es memoria que habla. Es corriente que conecta pasado y presente. Es testigo de amores, enredos, travesuras y lecciones que se aprenden a veces por las buenas… y otras no tanto. La corriente de Cirila no es un libro para leer con prisa. Es para dejarse llevar. Pero cuidado: cuando uno entra en estas aguas, sale sabiendo más de lo que esperaba.

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NOVELA: MAMÁ, ESPÉREME

(Próximo lanzamiento – FILBo 2026) NOVELA: MAMÁ, ESPÉREME Hay heridas que no se ven. Pero marcan toda una vida. Mamá espéreme cuenta la historia de Luzmila del Río, una joven mujer atravesada por una ausencia, por una promesa rota, por una herida que la acompaña desde la infancia y que determina cada una de sus decisiones. La novela recrea el Pacífico en su textura más íntima: el olor del viche recién destilado, las casas de madera, los cantos, alabaos y arrullos, las vecinas que todo lo saben, la cotidianidad de los pueblos donde la vida se vive en comunidad. Allí crece Luzmila, allí aprende a resistir, allí se forja su carácter. Pero la historia no se queda en la ribera. Como tantas mujeres del Pacífico, Luzmila migra a la ciudad de Cali. Allí enfrenta otro mundo: el de las casas ajenas, el trabajo doméstico, la distancia social, la nostalgia y el desafío de sostener su dignidad en medio de jerarquías silenciosas. La ciudad la prueba, la transforma, la confronta con su pasado. Entre recuerdos, silencios y decisiones difíciles, la novela revela la profundidad de una mujer que no se rinde, que carga su herida sin dejar que la destruya. Mamá espéreme es territorio, es migración, es memoria. Es la historia de una mujer. Y también la historia de muchas. En la FILBo 2026, Luzmila del Río llegará para encontrarse con sus lectores. Y una vez la conozcan, no podrán olvidarla.

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YURUMANGUÍ POR DENTRO: HISTORIA DE POBLAMIENTO, LUCHAS Y RESISTENCIAS

YURUMANGUÍ POR DENTRO: HISTORIA DE POBLAMIENTO, LUCHAS Y RESISTENCIAS Para conocer un territorio no basta con recorrerlo por fuera. Hay que entrarle por dentro. Yurumanguí por dentro es una mirada profunda a la historia de poblamiento, a las dinámicas sociales y a las luchas que han marcado la vida de esta región del Pacífico colombiano. No es solo un registro histórico: es una reconstrucción de memoria. Aquí se narran los procesos mediante los cuales las comunidades se asentaron, organizaron su vida colectiva y defendieron su territorio frente a múltiples amenazas. Se revelan las estrategias de resistencia, las formas de gobierno propio, los vínculos con el río y la tierra, y las tensiones que han atravesado generaciones. Este libro no romantiza el pasado. Lo examina. Lo documenta. Lo interpreta. Desde una mirada que articula investigación rigurosa y experiencia territorial, la obra muestra cómo el poblamiento no fue un hecho aislado, sino un proceso tejido con trabajo comunitario, solidaridad y capacidad de adaptación. Y cómo las luchas no han sido episodios excepcionales, sino parte constitutiva de la identidad del lugar. Hablar de Yurumanguí es hablar de resistencia. Resistencia cultural. Resistencia territorial. Resistencia histórica. Al abrir este libro, el lector no encontrará solo fechas y acontecimientos. Encontrará voces, decisiones colectivas, conflictos, esperanzas y proyectos de futuro. Encontrará un territorio que se piensa a sí mismo y que se narra desde adentro. Yurumanguí por dentro es una invitación a comprender que los ríos no solo transportan agua: transportan memoria. Y que cada proceso de lucha deja huellas que explican el presente. Es, en definitiva, una apuesta por contar la historia desde el territorio y para el territorio.

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ARRULLANDO A LA MUERTE: ALABAOS DEL PACÍFICO

ARRULLANDO A LA MUERTE: ALABAOS DEL PACÍFICO En el Pacífico la muerte no se enfrenta en silencio. Se canta. Arrullando a la muerte es un recorrido por la espesura de las creencias, los rituales y la idiosincrasia que rodean el momento de la partida. Es una inmersión en una comunidad que, ante el dolor de la defunción, responde con compañerismo, canto y presencia colectiva. Aquí el duelo no es aislamiento. Es encuentro. Los alabaos —esos cantos solemnes que acompañan al difunto— no son solo expresión musical. Son puente entre los vivos y los muertos. Son consuelo, pedagogía espiritual y memoria compartida. En ellos habita la tristeza, pero también la esperanza; el llanto, pero también la afirmación de la vida. Este libro nace de la observación rigurosa y del diálogo con las teorías sobre el duelo y la música como herramienta de alivio. No se limita a describir la tradición: la interpreta, la explica y la sitúa en conversación con el pensamiento académico. Más que mirar al pasado, analiza la utilidad pragmática del duelo: cómo la comunidad transforma el dolor en acompañamiento, cómo el canto sostiene cuando las palabras faltan. Al tomar este libro en sus manos, el lector ocupará un lugar privilegiado. Podrá observar los rituales, escuchar los alabaos, comprender los gestos y silencios. Pero, sobre todo, tendrá la oportunidad de entender otra manera de enfrentar la muerte. Una forma que no niega el dolor. Pero que lo abraza en comunidad. Porque en el Pacífico arrullar no es solo dormir a un niño. También es acompañar el tránsito final con dignidad, fe y memoria. Arrullando a la muerte no solo habla de la muerte. Habla de la vida que insiste, incluso en la despedida.

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DEL MONTE A LA ORILLA: el aprendizaje desde la minga Una propuesta de etnoeducación en el Pacífico colombiano (2023)

DEL MONTE A LA ORILLA: EL APRENDIZAJE DESDE LA MINGA UNA PROPUESTA DE ETNOEDUCACIÓN EN EL PACÍFICO COLOMBIANO Hay títulos que resumen una visión de mundo. Del monte a la orilla es uno de ellos. Este libro nace de una convicción profunda: la etnoeducación está llamada a caminar desde adentro hacia afuera. Del monte —lo propio, lo cercano, lo ancestral— hacia la orilla —el diálogo con el mundo, lo diverso, lo que está más allá de nuestra ribera. Ir del monte a la orilla significa aprender primero desde lo que somos. Desde nuestras prácticas comunitarias, nuestras formas de organización, nuestros saberes heredados. Significa que la escuela no puede vivir de espaldas al territorio, sino que debe convertirlo en su punto de partida. La minga, como expresión de trabajo colectivo, solidaridad y construcción común, se convierte aquí en filosofía pedagógica. No es solo una práctica cultural: es un modelo de aprendizaje. En la minga se aprende haciendo, cooperando, escuchando, respetando el ritmo del otro. En la minga nadie avanza solo. El libro propone que los valores culturales de la minga, junto con las experiencias comunitarias y los saberes ancestrales, se articulen al currículo escolar. Que la escuela reconozca la riqueza que ya existe en la comunidad y la transforme en herramienta formativa. Así, el estudiante no solo adquiere contenidos. Fortalece su identidad. Aprende a aprender. Aprende a ser. Aprende a vivir con otros. En un mundo que exige adaptación constante, este enfoque ofrece un equipaje sólido: raíces firmes y mirada abierta. La posibilidad de enfrentarse a lo global sin perder lo local. Del monte a la orilla es, en esencia, el resultado de mi propio tránsito entre la ciencia, la comunidad y la escuela. Es la síntesis de mi experiencia académica dialogando con el territorio. Es la apuesta por una educación que no jerarquiza saberes, sino que los integra. Este libro no es solo una propuesta pedagógica. Es una invitación a repensar la escuela desde el Pacífico. Y a creer que las transformaciones sociales comienzan cuando reconocemos el valor de lo que somos.

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El canasto de vena: tejido del monte y del río

EL CANASTO DE VENA: TEJIDO DEL MONTE Y DEL RÍO En nuestros pueblos del Pacífico, el canasto no es adorno. Es herramienta de vida. El canasto de vena nace del monte. La vena es una planta que se busca entre la espesura, se corta con cuidado y se deja secar antes de empezar a tejerla. No cualquiera lo hace bien. Tejer un canasto requiere paciencia, fuerza en las manos y conocimiento de la fibra. Sentados en el corredor o bajo la sombra de un árbol, los mayores cruzan las tiras una sobre otra, ajustan, aprietan, corrigen. Poco a poco va tomando forma ese recipiente que después andará por trochas, playas y caminos de barro. El canasto de vena sirve para todo. Allí se carga la papachina recién sacada de la tierra. Allí va el chontaduro desgranado, todavía tibio. Allí se acomodan las mazorcas de maíz. Se usa para la rocería, para recoger lo sembrado, para llevar el mercado, para echar “de todo un poco”, como dicen las abuelas. Es compañero del trabajo y del sustento. Uno reconoce el sonido del canasto cuando se apoya en el suelo. Reconoce la forma en que se ajusta a la espalda o al brazo. No es solo un objeto: es parte del cuerpo en la jornada diaria. En cada fibra hay monte. En cada cruce hay memoria. Porque el canasto no se compra en vitrina; se hace con tiempo y con saber heredado. Es artesanía, sí, pero también es economía doméstica, organización familiar y relación directa con la naturaleza. Hoy muchos compran recipientes plásticos que duran menos y cuentan menos. Pero el canasto de vena sigue allí, resistiendo. Sigue siendo símbolo de trabajo, de cosecha y de identidad. Mientras haya quien se interne al monte a buscar la vena y quien se siente a tejerla con calma, el canasto seguirá cargando no solo alimentos, sino historia.

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La escritora: cómo me habita la palabra

LA ESCRITORA: CÓMO ME HABITA LA PALABRA Escribir sobre mi territorio no es una decisión estratégica. Es una necesidad. Para mí, la escritura es catarsis. Es la manera de soltar las cargas cotidianas, el peso de los roles que habito todos los días: la mujer, la madre, la hermana, la profesional, la maestra. Cada uno exige algo distinto de mí. La escritura, en cambio, me devuelve a mí misma. Cuando escribo, ordeno el mundo. Los nombres de mis libros no los busco: me encuentran. Llegan con años de anticipación. A veces tres, cuatro años antes de que exista una sola página escrita. El título aparece en mi mente como una certeza, pero sin historia. Solo el nombre. Lo guardo. Lo dejo reposar. No sé de qué tratará, pero sé que algún día sabré. He aprendido a reconocer que no es solo intuición ni azar. Hay una dirección más alta que ordena mis tiempos y me entrega, cuando corresponde, aquello que debo escribir. Dios ha sido generoso conmigo: me ha dado la palabra, la paciencia y el silencio necesario para esperar. Los títulos llegan como semillas puestas en mis manos mucho antes de que yo entienda el terreno donde habrán de sembrarse. Con los años he comprendido que no escribo sola. Hay una guía invisible que me antecede, que prepara el camino y que, cuando llega el momento justo, revela la historia detrás del nombre. Mi tarea no es forzarla, sino escuchar. Confiar. Obedecer el llamado cuando finalmente se vuelve claro. Porque si algo tengo certeza es esto: lo que escribo no nace únicamente de mí. Me es confiado. Y así sucede. Un día cualquiera —o más bien una madrugada— la idea se revela completa. De pronto entiendo de qué va el libro que llevaba años rondando. Se acomoda todo. El título tiene sentido. Y entonces las palabras fluyen. Casi siempre escribo en la madrugada. Es la hora en que el mundo calla y mi pensamiento se aclara. Allí, en ese silencio, las frases llegan limpias, como si alguien me las dictara despacio. Es un momento íntimo, casi sagrado. Pero escribir no es lo único que amo. Leer es mi otro refugio. No hay nada que se compare con leer a orillas de un río del Pacífico, con el agua clara corriendo cerca, el canto de los pájaros marcando el ritmo de la mañana y un vaso de café del campo —esa bebida de maíz tostado— calentando las manos. Allí las palabras de otros dialogan con mi paisaje, y mi paisaje dialoga conmigo. Antes de terminar un libro, ya hay otro rondando. Siempre hay una historia esperando turno. Es como si la escritura no descansara en mí. Termino una obra y ya siento la emoción de empezar la siguiente. Me enamora escribir de mi tierra. De las costumbres de mi gente. De la manera como hablamos, celebramos, curamos, discutimos, cantamos y resistimos. Mi formación académica no compite con mi territorio; lo ilumina. Los conocimientos que he adquirido me permiten interpretar cada acción, comprender cada creencia y cada práctica cultural sin juicio ni jerarquía. No escribo desde la distancia ni desde la superioridad. Escribo desde la comprensión. La academia me da herramientas. El territorio me da sentido. En esa unión nace mi escritura. Y mientras haya madrugada, memoria y río, seguiré escribiendo.

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Los viejos: la palabra que ordena

LOS VIEJOS: LA PALABRA QUE ORDENA En los pueblos del Pacífico, los viejos no son adorno. Son autoridad. No necesitan alzar la voz para que los escuchen. Basta con que se aclaren la garganta o se sienten en el corredor para que el silencio se acomode solo. La comunidad sabe que allí hay experiencia, memoria y juicio. Muchos han sido síndicos de la iglesia. Han cuidado las llaves, organizado las fiestas patronales, estado pendientes de que no falte vela ni canto. Son los que recuerdan cuándo se fundó el pueblo, quién levantó la primera casa, qué familia llegó después. Pero su autoridad no se queda en lo religioso. Cuando una pareja joven discute y la cosa se pone tensa, alguien dice: —Vayan donde don… —Hablen con doña… Y allá van. Se sientan frente al viejo o la vieja, bajan la mirada, escuchan. El consejo no es regaño; es orientación. Les recuerdan que el hogar se sostiene con paciencia, que la palabra dicha en caliente quema más de la cuenta. A los muchachos también los llaman. Si andan desordenados, si se meten en problemas, si olvidan el respeto, el viejo los hace pasar al corredor. —Siéntese ahí. Y empieza la conversación. No es solo disciplina. Es formación. Es enseñar cómo comportarse, cómo saludar, cómo tratar a los mayores, cómo responder por la familia. Los viejos han visto crecer generaciones. Saben quién es hijo de quién, conocen las historias completas, las caídas y los levantamientos. Por eso su palabra pesa. No porque impongan miedo. Sino porque inspiran respeto. En ellos se guarda la memoria del territorio. Son archivo vivo. Cuando hablan del pasado, no cuentan cuentos: cuentan lo que vivieron. Y aunque los tiempos cambien y los jóvenes se vayan a la ciudad, cuando regresan, buscan al viejo. Porque saben que en su consejo hay algo que no se aprende afuera. En el Pacífico, mientras haya mayores sentados en el corredor, la comunidad no pierde el rumbo.

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El canto que nos cría: bombo, cununo y guasá En los pueblos del Pacífico la música no se aprende: se respira. El bombo marca el pulso profundo, el cununo responde con su golpe vivo y el guasá sacude el aire como si despertara al monte. Y entre esos sonidos crecen los niños, escuchando primero desde los brazos de sus madres, luego sentados en el suelo, y más tarde de pie, intentando seguir el ritmo con manos pequeñas y ojos atentos. Aquí el canto comienza temprano. Los niños no son espectadores; son aprendices. Les encanta. Se emocionan cuando los mayores ensayan. Observan cómo se organiza el coro, cómo se afina la voz, cómo el golpe debe caer justo donde el bombo lo llama. Desde muy pequeños quieren tener su turno, quieren sostener el guasá, quieren entonar el estribillo. En los arrullos, cuando la noche se llena de velas y devoción, se les ve firmes, concentrados, orgullosos de saberse parte. Ensayan días antes si saben que habrá celebración. Si llega una delegación al pueblo, los niños ya están listos para recibirla cantando. Se acomodan la ropa, aclaran la garganta, miran a los mayores buscando aprobación. Y cuando el canto comienza, se transforman. No cantan solo por cantar. Cantan porque así se aprende a pertenecer. La música en el Pacífico es escuela. Enseña disciplina, escucha, trabajo en grupo. El que se adelanta desajusta; el que no responde rompe el tejido. Por eso se aprende a esperar, a entrar en el momento justo, a sostener la voz del otro. Con los años, esos niños se vuelven jóvenes que ya no imitan: lideran. Saben abrir un arrullo, sostener un coro, guiar una respuesta. Y cuando llegan a mayores, enseñan con paciencia lo que una vez aprendieron mirando. Así el canto no se pierde. Va pasando de generación en generación como un río que nunca se seca. El bombo sigue marcando, el cununo responde, el guasá acompaña. Y en medio de ese diálogo sonoro crece la comunidad. Porque en el Pacífico cantar no es un espectáculo.Es una forma de estar juntos.Es memoria viva.Es herencia que suena.

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Hombres de monte: el corte de madera y el sustento del hogar

HOMBRES DE MONTE: EL CORTE DE MADERA Y EL SUSTENTO DEL HOGAR Antes de que amanezca, cuando el río todavía está cubierto de neblina, los hombres ya están listos. Machete al cinto, botas gastadas, el motor o la canoa preparada. El monte los espera. Internarse en el monte no es paseo. Es trabajo duro. Es abrir trocha, medir el terreno, identificar la madera adecuada. No se corta cualquier árbol. Se busca el que sirva, el que pueda venderse en el puerto, el que ayude a sostener la casa. En los pueblos del Pacífico, el corte de madera ha sido durante décadas una de las formas principales de sustento. Con lo que se vende se compra el mercado, los cuadernos de los hijos, la ropa de las fiestas, los medicamentos cuando hace falta. El monte es proveedor, pero también es desafío. Muchos hombres aprendieron a reconocer la madera desde jóvenes. Saben distinguir por la corteza, por el olor, por el peso del tronco. Saben cuánto puede rendir, cuánto puede valer. Ese conocimiento no se aprende en libros: se hereda caminando. El trabajo exige fuerza física, pero también resistencia mental. Son jornadas largas, cargando tablas, esperando transporte fluvial, negociando precios en el puerto. A veces el pago no es justo. A veces el esfuerzo no compensa. Pero se vuelve al monte. En el pasado, el corte era abundante. Hoy la conversación es distinta. Hay mayor conciencia sobre el cuidado del bosque, sobre la explotación desmedida, sobre el impacto ambiental. Muchos hombres hablan ahora de cortar con medida, de no agotar el territorio que también les da vida. Porque el monte no es solo recurso económico. Es espacio de memoria, de cacería, de historias contadas al regreso, de aprendizajes compartidos entre padre e hijo. Cuando regresan al pueblo, llegan con el cuerpo cansado y las manos marcadas. No siempre se habla del riesgo que implica el trabajo: palos que caen mal, herramientas que se deslizan, lluvias que complican el camino. Pero en cada tabla vendida hay una historia de esfuerzo. El corte de madera ha sido una forma silenciosa de responsabilidad masculina en muchas comunidades ribereñas: proveer sin hacer alarde, internarse en el monte para que en la casa no falte lo básico. Este trabajo no define completamente a los hombres del Pacífico, pero sí ha marcado generaciones. Es parte de la economía, de la identidad y también de los debates actuales sobre territorio y sostenibilidad. El monte ha sido aliado y prueba. Ha exigido respeto. Ha dado sustento. Y mientras haya hombres que se internen al amanecer para volver al atardecer con madera sobre la canoa, seguirá viva esa imagen del proveedor que dialoga —a su manera— con el bosque que lo sostiene.

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