LA ESCRITORA: CÓMO ME HABITA LA PALABRA Escribir sobre mi territorio no es una decisión estratégica. Es una necesidad. Para mí, la escritura es catarsis. Es la manera de soltar las cargas cotidianas, el peso de los roles que habito todos los días: la mujer, la madre, la hermana, la profesional, la maestra. Cada uno exige algo distinto de mí. La escritura, en cambio, me devuelve a mí misma. Cuando escribo, ordeno el mundo. Los nombres de mis libros no los busco: me encuentran. Llegan con años de anticipación. A veces tres, cuatro años antes de que exista una sola página escrita. El título aparece en mi mente como una certeza, pero sin historia. Solo el nombre. Lo guardo. Lo dejo reposar. No sé de qué tratará, pero sé que algún día sabré. He aprendido a reconocer que no es solo intuición ni azar. Hay una dirección más alta que ordena mis tiempos y me entrega, cuando corresponde, aquello que debo escribir. Dios ha sido generoso conmigo: me ha dado la palabra, la paciencia y el silencio necesario para esperar. Los títulos llegan como semillas puestas en mis manos mucho antes de que yo entienda el terreno donde habrán de sembrarse. Con los años he comprendido que no escribo sola. Hay una guía invisible que me antecede, que prepara el camino y que, cuando llega el momento justo, revela la historia detrás del nombre. Mi tarea no es forzarla, sino escuchar. Confiar. Obedecer el llamado cuando finalmente se vuelve claro. Porque si algo tengo certeza es esto: lo que escribo no nace únicamente de mí. Me es confiado. Y así sucede. Un día cualquiera —o más bien una madrugada— la idea se revela completa. De pronto entiendo de qué va el libro que llevaba años rondando. Se acomoda todo. El título tiene sentido. Y entonces las palabras fluyen. Casi siempre escribo en la madrugada. Es la hora en que el mundo calla y mi pensamiento se aclara. Allí, en ese silencio, las frases llegan limpias, como si alguien me las dictara despacio. Es un momento íntimo, casi sagrado. Pero escribir no es lo único que amo. Leer es mi otro refugio. No hay nada que se compare con leer a orillas de un río del Pacífico, con el agua clara corriendo cerca, el canto de los pájaros marcando el ritmo de la mañana y un vaso de café del campo —esa bebida de maíz tostado— calentando las manos. Allí las palabras de otros dialogan con mi paisaje, y mi paisaje dialoga conmigo. Antes de terminar un libro, ya hay otro rondando. Siempre hay una historia esperando turno. Es como si la escritura no descansara en mí. Termino una obra y ya siento la emoción de empezar la siguiente. Me enamora escribir de mi tierra. De las costumbres de mi gente. De la manera como hablamos, celebramos, curamos, discutimos, cantamos y resistimos. Mi formación académica no compite con mi territorio; lo ilumina. Los conocimientos que he adquirido me permiten interpretar cada acción, comprender cada creencia y cada práctica cultural sin juicio ni jerarquía. No escribo desde la distancia ni desde la superioridad. Escribo desde la comprensión. La academia me da herramientas. El territorio me da sentido. En esa unión nace mi escritura. Y mientras haya madrugada, memoria y río, seguiré escribiendo.