
EL CANASTO DE VENA: TEJIDO DEL MONTE Y DEL RÍO
En nuestros pueblos del Pacífico, el canasto no es adorno. Es herramienta de vida.
El canasto de vena nace del monte. La vena es una planta que se busca entre la espesura, se corta con cuidado y se deja secar antes de empezar a tejerla. No cualquiera lo hace bien. Tejer un canasto requiere paciencia, fuerza en las manos y conocimiento de la fibra.
Sentados en el corredor o bajo la sombra de un árbol, los mayores cruzan las tiras una sobre otra, ajustan, aprietan, corrigen. Poco a poco va tomando forma ese recipiente que después andará por trochas, playas y caminos de barro.
El canasto de vena sirve para todo.
Allí se carga la papachina recién sacada de la tierra. Allí va el chontaduro desgranado, todavía tibio. Allí se acomodan las mazorcas de maíz.
Se usa para la rocería, para recoger lo sembrado, para llevar el mercado, para echar “de todo un poco”, como dicen las abuelas. Es compañero del trabajo y del sustento.
Uno reconoce el sonido del canasto cuando se apoya en el suelo. Reconoce la forma en que se ajusta a la espalda o al brazo. No es solo un objeto: es parte del cuerpo en la jornada diaria.
En cada fibra hay monte. En cada cruce hay memoria.
Porque el canasto no se compra en vitrina; se hace con tiempo y con saber heredado. Es artesanía, sí, pero también es economía doméstica, organización familiar y relación directa con la naturaleza.
Hoy muchos compran recipientes plásticos que duran menos y cuentan menos. Pero el canasto de vena sigue allí, resistiendo. Sigue siendo símbolo de trabajo, de cosecha y de identidad.
Mientras haya quien se interne al monte a buscar la vena y quien se siente a tejerla con calma, el canasto seguirá cargando no solo alimentos, sino historia.
