La forma de hablar: palabras que son territorio

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LA FORMA DE HABLAR: PALABRAS QUE SON TERRITORIO

En los pueblos del Pacífico colombiano no solo se camina distinto, se cocina distinto o se celebra distinto. También se habla distinto. Y en esa manera de hablar vive una forma de ver el mundo.

Hay palabras que no aparecen en los diccionarios oficiales, pero que en el pueblo todo el mundo entiende. Palabras que cargan historia, humor, juicio moral y memoria colectiva.

Si alguien va corriendo, no va “rápido”: va esquindalao.

Si una situación se complica, no hay problema: hay rebulú, se formó una guaragua.

Si una mujer rompe las normas sociales, algunos la señalan como cachaloa.

Y si a alguien le dicen chiclán, no es un simple adjetivo: es una sentencia social.

Aquí los mayores no dicen “¿cómo te llamas?”. Si eres mujer, te miran fijo y preguntan: “María, ¿cuál es su gracia?”. Y si eres hombre: “José, ¿cuál es su gracia?”.

Cada palabra, cada frase y cada gesto tiene peso.

En estas formas de hablar hay economía y precisión. Una sola palabra puede resumir una escena completa. Decir que “eso se volvió un rebulú” no necesita más explicación: ya sabemos que hay enredo, ruido, discusión y desorden.

El lenguaje organiza la experiencia. Define lo correcto y lo incorrecto. Marca límites. Refuerza valores comunitarios. Cuando se usa una palabra como “cachaloa”, no solo se describe; se juzga. Cuando se dice “chiclán”, no solo se informa; se estigmatiza.

Desde pequeños, los niños aprenden qué significa cada término y en qué contexto se usa. Aprenden también que hablar bien no es hablar como en la escuela, sino saber moverse entre registros: el del aula y el del pueblo.

Estas expresiones no son errores del español. Son adaptaciones, invenciones, herencias africanas, indígenas y criollas que se mezclaron hasta formar una manera propia de nombrar el mundo.

En cada palabra hay ritmo, musicalidad y picardía. El tono importa tanto como el significado. A veces la palabra sola no basta: hay que escuchar cómo se dice.

La forma de hablar en el Pacífico tiene cadencia de río. Se estira, se acorta, se enfatiza. Se ríe. Regaña sin gritar. Advierte sin explicar demasiado.

Con el tiempo, muchas de estas expresiones corren el riesgo de desaparecer o de ser señaladas como “mal hablar”. Sin embargo, en ellas hay memoria cultural. Son archivo vivo.

Hablar como se habla en el pueblo es afirmar pertenencia. Es decir: yo soy de aquí. Yo entiendo este código. Yo comparto esta historia.

El lenguaje también es territorio.

Y cada palabra propia —esquindalao, rebulú, cachaloa, chiclán y tantas otras— es una marca de identidad que nos recuerda que la cultura no solo se baila o se cocina: también se pronuncia.

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