
LOS NIÑOS Y LOS MANDADOS: APRENDER A CAMINAR LA COMUNIDAD
En los pueblos del Pacífico, los niños crecen con una responsabilidad que forma parte natural de su infancia: hacer los mandados. No se trata solo de llevar un recado o comprar algo en la tienda. Es una tarea que los vincula con toda la comunidad.
Desde pequeños aprenden a estar disponibles.
—Vaya donde la tía Rosa y dígale que venga.
—Llévele esto al tío Manuel.
—Páseme donde su abuela y pregúntele si ya está lista la comida.
Y el niño va.
Camina por los senderos, cruza el muelle, salta tablas, bordea el río. Conoce cada casa, cada familia, cada historia. En ese ir y venir va aprendiendo el mapa humano del pueblo.
En nuestros pueblos, los niños llaman “tío” o “tía” a todos los mayores, aunque no exista lazo de sangre. Es una forma de respeto, pero también de reconocimiento colectivo. El adulto no es solo vecino: es parte de la crianza compartida.
Cuando un niño llega con un mandado, no entra como extraño. Entra como parte de la red. Puede recibir un consejo, una fruta, una advertencia o una sonrisa. A veces lo corrigen. A veces lo celebran. Pero siempre lo reconocen.
Disponibilidad y confianza
Hacer mandados es una escuela silenciosa.
Los niños aprenden responsabilidad, memoria y compromiso. Si olvidan el mensaje, deben regresar. Si el encargo es delicado, deben saber guardarlo. Si hay que esperar respuesta, esperan.
Ser el encargado de los mandados es también un acto de confianza: los mayores depositan en ellos tareas que sostienen la vida cotidiana. Y los niños responden.
Muchos adultos recuerdan con claridad sus días de mandaderos: las carreras bajo la lluvia, las risas en el camino, las excusas para demorarse jugando, los regaños por distraerse. Esa memoria permanece.
Porque en esos recorridos no solo llevaban mensajes: llevaban y traían relaciones. Aprendían quién era quién, quién estaba enfermo, quién necesitaba ayuda, quién celebraba algo.
En el Pacífico, los niños no crecen aislados. Crecen caminando el pueblo, recorriendo sus casas, aprendiendo nombres y afectos. Hacer mandados no es solo obedecer: es iniciar el aprendizaje de pertenecer.
Y quizás por eso, cuando esos niños crecen, siguen llamando “tío” y “tía” a quienes los vieron correr con recados en la mano. Porque la comunidad no se hereda solo por sangre, sino por pasos compartidos.
