
LOS VIEJOS: LA PALABRA QUE ORDENA
En los pueblos del Pacífico, los viejos no son adorno. Son autoridad.
No necesitan alzar la voz para que los escuchen. Basta con que se aclaren la garganta o se sienten en el corredor para que el silencio se acomode solo. La comunidad sabe que allí hay experiencia, memoria y juicio.
Muchos han sido síndicos de la iglesia. Han cuidado las llaves, organizado las fiestas patronales, estado pendientes de que no falte vela ni canto. Son los que recuerdan cuándo se fundó el pueblo, quién levantó la primera casa, qué familia llegó después.
Pero su autoridad no se queda en lo religioso.
Cuando una pareja joven discute y la cosa se pone tensa, alguien dice: —Vayan donde don… —Hablen con doña…
Y allá van. Se sientan frente al viejo o la vieja, bajan la mirada, escuchan. El consejo no es regaño; es orientación. Les recuerdan que el hogar se sostiene con paciencia, que la palabra dicha en caliente quema más de la cuenta.
A los muchachos también los llaman. Si andan desordenados, si se meten en problemas, si olvidan el respeto, el viejo los hace pasar al corredor.
—Siéntese ahí. Y empieza la conversación.
No es solo disciplina. Es formación. Es enseñar cómo comportarse, cómo saludar, cómo tratar a los mayores, cómo responder por la familia.
Los viejos han visto crecer generaciones. Saben quién es hijo de quién, conocen las historias completas, las caídas y los levantamientos. Por eso su palabra pesa.
No porque impongan miedo. Sino porque inspiran respeto.
En ellos se guarda la memoria del territorio. Son archivo vivo. Cuando hablan del pasado, no cuentan cuentos: cuentan lo que vivieron.
Y aunque los tiempos cambien y los jóvenes se vayan a la ciudad, cuando regresan, buscan al viejo. Porque saben que en su consejo hay algo que no se aprende afuera.
En el Pacífico, mientras haya mayores sentados en el corredor, la comunidad no pierde el rumbo.
